El título de este post es la frase de alguien que tomó cursos, leyó, escuchó maestros, fue a terapias, hizo talleres, probó métodos, empezó procesos, compró libretas, escribió decretos, vio videos, asistió a transmisiones, se prometió cambiar más de una vez… y aun así, un día se mira y siente que está parado en el mismo lugar.
Nadie llega a esa conclusión de un día para el otro. Tardamos años, a veces muchos, conviviendo con una sensación de impotencia y desazón, que no solo afectan nuestros resultados, también ponemos en duda nuestro propio valor.
El discurso interno, pensar, duele: “¿Qué más me falta? ¿Qué no estoy viendo? ¿Por qué a otros les funciona y a mí no? ¿Será que yo soy el problema?”
Encontrarse en esta situación…., «en este lugar», es complejo. Yo fui residente, te aclaro. Y digo que es complejo porque sabes de antemano que bajar los brazos no es una opción válida -ya que tienes que seguir con tu vida- y seguir intentándolo, como dije antes, duele.
Por un lado, es un dolor difícil de explicar y por otro, desde afuera no se percibe. Y en medio estás tú, que has hecho de todo en el pasado, has visto cómo otros han avanzado en sus vidas (esa es tu sensación), y tú te encuentras, como en el juego del palo enjabonado, en la casilla de salida.
En el resto del artículo encontrarás una estructura en cinco capítulos que te permitirán una mayor claridad para encontrar el camino de regreso.
Capítulo 1: atiende tu necesidad de entender
En la introducción te conté que estuve en este lugar que estoy describiendo, donde cada nuevo intento parece traer esperanza al principio y frustración al final. Donde buscar ayuda dejaba de sentirse como avance y empezaba a sentirse como otra prueba de que algo en mí no terminaba de funcionar.
Y cuando no entiendes por qué sigues igual, el no entender también se vuelve castigo porque una parte de ti necesita una explicación. Es importante saber si estás en este lugar por falta de disciplina, miedo, mala suerte, autosabotaje, cansancio, destino, herida, inconsciente, karma, árbol familiar o simplemente que elegiste mal otra vez.
Está bien que quieras entender y encontrar respuestas, porque necesitas poner en marcha tu vida lo antes posible. Entender, comprender en profundidad es el primer paso. No perdonar ni olvidar, ya vendrá ese momento. Tampoco trates de aceptar tu pasado: en este momento solo alcanzarás una resignación vaga.
Entonces, entender y entenderte. Te sugiero tres criterios que son muy útiles para un primer acercamiento. Recuérdalos.
- Cero expectativas: no es momento de sanar ni de avanzar. Solo comprensión profunda.
- Mirada firme y amorosa: siempre lo recomiendo cuando hacemos introspección.
- Juez y verdugo que todos llevamos dentro: los dejas en el banco de suplentes, sin chistar. Eres el Director Técnico de tu vida así que tienes el poder de hacerlo. No es momento de encontrar culpables o asignar responsabilidades, ni de aplicar castigos.
Cuando llevas mucho tiempo intentando cambiar y nada parece moverse, entender no es curiosidad. Es una forma de respirar.
Capítulo 2: anímate a un diagnóstico
Este capítulo es una continuación natural del anterior, y decidí agregarlo para que «entender» no quedara en algo abstracto, y pudieras sacar algo en limpio.
En este caso, un diagnóstico es como llegar a una conclusión sobre los resultados de tu propia historia. Es decir, si la frase del título «hice de todo y sigo igual» resonó contigo, quieres averiguar qué sucedió, ¿estás de acuerdo?
Creo que es buen momento para aclarar algunos puntos:
- No estoy poniendo en duda tu apreciación sobre tu historia y tu sentimiento. Al contrario, te estoy invitando a arrojar un poco de luz sobre ese pasado para que vuelvas a avanzar.
- La conclusión a la que vas a llegar no es concluyente ni determinante. Es una nueva mirada desde otro lugar.
- Difícilmente será la verdad absoluta, honestamente no creo que sea posible y, además, no es necesario.
Habiendo comentado lo anterior, la propuesta que tengo para ti es que con la mente puesta en tu historia, en esa parte de la historia que duele, como lo comentamos al inicio y la examines bajo esta óptica. ¿Listo/a? Vamos con ello.
1. ¿Fue falta de acción?
Recuerda, no estoy dudando de ti. Es una pregunta necesaria y quiero que te la respondas con mucha honestidad, en las dos direcciones posibles.
Porque puede ser que, en muchos casos, la respuesta sea «sí, fue falta de acción». Que mirándote de frente y sin castigarte, reconozcas que muchas veces te quedaste en la intención: el curso que compraste y no abriste, el plan que armaste para el lunes que nunca llegó, el «empiezo cuando esté listo» que se volvió un para siempre.
Si es tu caso, evita tomarlo como una condena -porque no lo es-; es un dato, y de los más valiosos, porque es de los más fáciles de corregir.
Pero también sospecho que a muchos de los que llegaron hasta acá les va a pasar lo contrario. Vas a mirar tu historia para encontrar todo lo opuesto: acción y de sobra. Cursos terminados, terapias, talleres, libretas escritas, intentos y más intentos. Y aun así, la sensación de estar en la casilla de salida.
Si ese eres tú, presta atención a lo que sigue, porque es importante: tu problema no fue falta de acción, fue otra cosa. Y esa «otra cosa» es, justamente, lo que vamos a rastrear en las tres preguntas que vienen.
Antes de avanzar respóndete mentalmente si fue falta de acción o no, y procura que la respuesta sea tuya y verdadera, no la que crees que deberías dar.
2. ¿Fue dispersión, saltar de una cosa a otra sin sentido?
¿Pasaste de una zapatería a un multinivel, y de ahí a fabricar empanadas? Bueno, eso sería exagerado, aunque tengo un amigo que sí, tuvo varios saltos abruptos. De todas formas quiero decirte que cuando yo me hice esta pregunta, la respuesta fue afirmativa. Y más de una vez. En el ámbito del desarrollo personal, he dado algunos saltos y no cuánticos, precisamente.
3. ¿Fue acción sin entender?
Cuando mi acción era masiva, yo daba por descontado que los resultados iban a llegar más temprano que tarde; pero muchas veces no fue así y la frustración resultante era devastadora. Fue en una Mentoría que tomé con un francés, que cuando habló de «Falta de claridad» sentí que me atravesaba.
Y ahí entendí que la acción, si bien es importante, si no tienes claridad, tampoco tendrás enfoque. Todos los elementos son importantes.
4. ¿Fue acción sin sostener?
Cuando pasas a la acción con energía, motivación, y también claridad y enfoque; puedes dar por descontado que tienes las mayores probabilidades de éxito. Sin embargo, eso no significa que ciertas cosas necesiten su tiempo de maduración. Y eso implica un tiempo crítico.
La analogía de la semilla me gusta mucho: puedes hacer todo bien, tener buena tierra (contexto), hacerlo en orden, en forma correcta (método) y la semilla ser de la mejor calidad (tus acciones). Bien, aún así, en este contexto, la semilla no crecerá cuando tu quieras o necesites.
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Estas preguntas no son excluyentes. Tienen el propósito de llevarte a un nivel de comprensión más profunda sobre tu historia, para que, de aquí en adelante, tengas mejores bases para tomar decisiones y actúes con mayor claridad.
Capítulo 3: hacer las paces con tu historia
Con un mayor y mejor entendimiento sobre ti, tu historia y tu momento vital, llegas a la etapa que posiblemente más te guste: hacer las paces con «lo que fue». Así que vamos a enmarcar el concepto para evitar confusiones aquí.
Hacer las paces no es que deje de doler, no es perdonar del todo ni entender porqué te pasó lo que te pasó. Tampoco necesitas estar de acuerdo con tu historia, resignándote a ella. Si esperas eso para avanzar, vas a esperar sentado hasta que te hagas viejito/a.
Hacer las paces es algo más modesto, y por eso más alcanzable: es quitarle a tu pasado el «volante» de tu presente.
Veamos, tu historia puede seguir en el auto, ahí contigo. Va a viajar a tu lado, a veces va a hablar fuerte, a veces te va a gritar en una curva peligrosa. Pero siempre como pasajero, no tienes que dejar que maneje.
Hacer las paces es correr tu historia del asiento del conductor.
Quédate con esa metáfora, yo la uso mucho y me ayuda a recuperar el eje y, por supuesto, también la claridad.
Por otro lado, hay una parte un tanto incómoda que quiero señalar aquí: a veces no hacemos las paces porque la herida nos da algo. Una razón para no arriesgar, un culpable a mano, una identidad conocida —»yo soy el que la pasó mal»—.
Soltar eso da miedo, porque sin la herida hay que volver a la cancha, y volver a la cancha es exponerse a fallar de nuevo. Si algo dentro de ti se resiste a hacer las paces, no te apures a llamarlo debilidad. Mejor pregúntate, con esa mirada firme y amorosa que usamos antes: ¿qué me estaría dando esta historia si me quedo en ella?
El cómo lo hagas es tuyo. A algunos les alcanza con verlo claro, como recién. Otros van a necesitar un proceso, un acompañamiento, un tiempo mayor. No hay una sola puerta, y no voy a venderte la mía como si fuera la única.
La brújula es simple: si lo que haces te va soltando, vas bien; si te va enredando más, revisa. Pero ese camino sí hay que caminarlo.
Capítulo 4: prepárate para el próximo examen… ¡y apruébalo!
Hay algo que quiero que sepas, y prefiero dártelo sin adornos: todo esto que estás aprendiendo sobre ti, la vida te lo tomará a modo de examen, más adelante. Sí. Otra vez, en otro trabajo, otra relación, otra ciudad; con otras caras y otro decorado, pero en el fondo se trata del mismo examen.
Ahora bien, la vida no te toma examen para castigarte, aquí no hay karma ni ley cósmica alguna. Es más simple y más útil que eso: lo que no resuelves, lo sigues cargando; y lo que cargas lo llevas puesto al siguiente escenario sin darte cuenta.
Por eso el patrón se repite.
No es que el universo «te la tenga jurada», es porque el que entra a la situación nueva (nueva relación o nuevo trabajo) sigue siendo el mismo que salió de la anterior. Misma herida sin sanar, mismos hábitos sin mirar ni corregir.
Piensa en quien monta un negocio y fracasa y, para explicarlo, encuentra mil razones y todas están afuera: el mercado, la crisis, el socio, la mala suerte, que la gente no valora. Ninguna lo toca a él. Meses después monta otro y… ¡ZAS! La historia se repite casi calcada. ¿Por qué? Porque si toda la culpa estaba afuera, adentro no había nada que corregir o aprender. Y cuando vuelves a rendir el mismo examen, simplemente repruebas.
O piensa en alguien que, en el ámbito de la relación de pareja, evita las conversaciones incómodas. No dice lo que le molesta, se lo traga, y acumula. Y acumula. Hasta que un día, por una tontería, explota, y la relación se rompe.
Con mucho dolor se separa y, después un buen tiempo lo vuelve a intentar con otra persona… ¡pero se lleva puesta la misma costumbre de callar! ¿Adivinas el final? Otra historia de amor, otra cara, pero el mismo dolor al final.
Y ahí llega la conclusión más tramposa de todas: «yo no nací para amar» y aparecen todas las canciones chorreras que te hacen eco en ese momento. Juan Gabriel y José José a todo lo que da.
Sin embargo, hay algo bueno en esto: el examen de la vida no es sorpresa. Es sobre la materia que ya estudiaste, que ya masticaste y te causó un dolor inmenso: la pareja y los negocios, por mencionar los ejemplos que acabo de darte.
Cada cosa que entendiste en el diagnóstico que tienes aquí mismo en este artículo, cada paz que hiciste con tu historia, es una pregunta que ahora sabes responder mejor. Cuando llegue el examen (pareja, trabajo o lo que fuere), tendrás el temario visto, estudiado y repasado.
El examen que antes te desarmaba, hoy es uno que puedes aprobar; no porque sea más fácil, sino porque tú eres otro.
Eso sí, y con esto te dejo una reflexión: prepararse no es lo mismo que presentarse. Puedes saberte toda la materia y quedarte parado en la puerta del aula.
Es que ahí, justamente, es donde muchos se detienen por miedo, y no vuelven a intentar ni pareja, ni negocio, ni nada.
Capítulo 5: el primer movimiento
Muy bien, llegaste hasta acá que no es poca cosa, en un artículo tan largo como este. Entendiste tu historia, te animaste al diagnóstico, empezaste a hacer las paces y sabes que la vida te va a volver a examinar.
Todo eso es valiosísimo.
Pero todo esto que hiciste no sirve de nada si cierras esta página… y mañana tu vida es idéntica a la de ayer.
Te lo digo sin vueltas, porque es el corazón del post: si esto se queda solo en entender, fue un curso más de los que ya tomaste. Otro. Y volverías, sin quererlo, al punto exacto donde arrancamos: «hice de todo y sigo igual».
Por eso el cierre no es una idea. Es un movimiento. Uno. Pequeño. Hoy, o esta semana.
No te pido que cambies tu vida, esa promesa gigante es la que te dejó agotado tantas veces. Te pido lo contrario: la cosa más pequeña que tú sepas que va en la dirección correcta. Tan pequeña que no puedas fallar, y tan tuya que, al hacerla, algo por dentro te diga «esta vez es distinto».
Y ese movimiento no es genérico, sino que sale de tu diagnóstico.
- Si lo que te resonó fue la dispersión, tu movimiento es no empezar nada nuevo y terminar una sola cosa.
- Si fue evitar lo incómodo, es tener esa conversación que llevas semanas posponiendo.
- Si fue no sostener, es hacer una vez más lo que ya sabes que funciona, justo el día que menos ganas tienes.
Tú sabes cuál es el tuyo, lo sabes desde hace rato y ahora sí, toca pasar a la acción.
¿Algo de esto te hizo sentido?
Escríbeme y cuéntame en qué punto estás.
A veces empezar a escribir ya destraba algo.
Leo personalmente y contesto en 24-48 horas.
Y para que lo sepas, me dedico a acompañar a una persona a la vez para salir del «ya hice de todo y sigo igual».
Se llama Mini Mentoría, y si quieres saber de qué se trata, dímelo en el mismo mensaje y te cuento.